16 abr. 2018

Juanvi, día D+2



Querido Juanvi, alias Juan Villalonga Serrano,

Conste que me niego a que esto sea un obituario porque aún no puedo creerme que te hayas ido sin más. Ya te vale. Hace dos días que supe que te has ido sin despedirte y dejándome perplejo y frío, sin tiempo para decirte al menos hasta siempre. Para mí se queda el fin de semana de recuerdos imposibles de encajar de manera ordenada. Reconozco que se asomaron dos lágrimas a mis ojos al darme cuenta de que ni siquiera has llegado a jubilarte y poder descansar de tanto trote como llevabas.

Imposible olvidar tu voz de trueno, tus carcajadas y tus agudos comentarios sobre casi cualquier cosa. Te veo allí, en la sala de profesores del Diego Llorente con tu ABC dale que te pego con el crucigrama (reconoce que no siempre te salía, bribón), o en la tertulia futbolera de mis primeros tiempos en ese centro, esa en la que nunca logré entrar porque se me notaba a la legua que a mí el fútbol plín y que no tengo ni puñetera idea.

Cómo olvidar aquella reunión en la que alguien mencionó al por entonces consejero Manuel Pezzi para inmediatamente oirse bien alto un ¡Payasso! de tu puño y boca desde los bancos de atrás. Hería más la ese sevillana que el calificativo. Lo mejor (lo peor) del caso es que tenías más razón que un santo.

Cómo olvidar tus intervenciones en los claustros y tus risas jupiterianas. Siempre las envidié. Como envidié esa forma tan despreocupada de llevar tu maleta al hombro con el sempiterno paraguas plegable sobresaliendo por un extremo que no te molestabas en quitar hasta que no hiciese calor de verdad. Y lo de ir sin abrigo y a cuerpo en pleno invierno era de nota. Apúntate una, bueno otra más.
Creo que al final llegó a unirnos el tiempo y todo lo que fue trayendo en casi 20 años. Quizá esa sea la única forma en que dos tímidos, cada uno a su manera, puedan llegar a entenderse y apreciarse. No sabes lo que te he recordado en este tiempo desde la diáspora del Diego Llorente. En casa ya saben de corrido más de una de tus anécdotas en clase y fuera de ella. También saben que te negabas a darte de baja mientras tu mujer se estaba muriendo y tú la cuidabas. Cuánto dolor verte allí fuera sentado, en aquel medio jardín maltratado, esperando la siguiente clase. No se me olvidará nunca.

Confiaba en poder encontrate algún día por Sevilla y darte un abrazo grande, pero ya veo que nunca más podré escucharte tu disertación sobre la diferencia entre la intuición matemática y el simple calculoteo, como tú lo llamabas.

Esto no se hace, Juanvi. Te vas casi en el día de mi cumpleaños y nos dejas aquí, a los muchos que te hemos conocido y apreciado, a cargo del oficio de enseñar. Pues que sepas que aquí dejas a un amigo desconsolado y, en tus propias palabras, bajo mínimos.