27 abr 2023

Goodbye to all that

  

Siempre me gustó este título con el que el escritor británico Robert Graves se despidió, tras haber luchado en la Primera Guerra Mundial, de la decadente e hipócrita sociedad de su tiempo para iniciar una vida propia. Su tumba esté en un modesto jardín en su antigua casa de Deiá (Mallorca). Es una sepultura que no mide mucho más que un ladrillo sobre el que alguien inscribió su nombre y la palabra "poeta" debajo. Cuando lo visité hace unos años le dije, entre otras cosas, que algún día le copiaría su título, pero por entonces no sabía para qué ni dónde. Esta puede ser una ocasión oportuna.

El pasado viernes día 21 de abril di clase por última vez en el IES Virgen de Consolación. No han sido cursos fáciles, sobre todo por la pandemia que ahora nos empeñamos en olvidar y con ella, a todos los que no tuvieron la suerte de sobrevivir con nosotros. Como en otros lugares, siempre encontré allí personas de gran valía y generoso corazón que no olvidaré con facilidad. También hubo los chuflas inanes de plantilla en todas partes, y otros seres a los que el traje les viene bastante holgado y que, como pasa siempre, el tiempo les hará topar algún día con la horma de su mismo zapato. Ignoran que acabarán masticando con amargura la nula empatía que hoy tienen con los demás, pero, lo sepan o no, es inexorable.

Fue un privilegio poder conocer y enseñar a muchos alumnos que conocí en ese instituto durante este tiempo. Muy pocos no merecieron el esfuerzo ni el tiempo, equivocaron el blanco, pero la mayoría se ganó mi respeto y algunos, incluso mi admiración, como mi querida Alejandra. No a todos pude enseñar, pero todos me enseñaron mucho, sólo por eso debo estar agradecido.

La vida trae en ocasiones lo que se dejó por el camino. Tuve la inmensa fortuna de poder trabajar con profesores y padres que fueron en su día mis alumnos. Ninguno me decepcionó. Al contrario, me dieron siempre motivos para pensar que lo que hice un día, aportó algo a sus vidas. Le dio sentido a todo el tiempo pasado.

No es sencillo resumir en una líneas casi 37 años a pie de pizarra y, afortunadamente, sin ninguna baja médica que lamentar o de la que arrepentirme por impúdica. Mi primer día de 1986 me dieron un libro, una tiza y un grupo muy numeroso de alumnos. A partir de ese momento, todo lo hube de aprender solo, sin muletas ni talanqueras. Cometí muchos errores, e infinidad sin verme forzado por la situación o el instante, pero se dieron cantidad de momentos maravillosos entre las cuatro paredes del aula que no cambiaría jamás por nada. Siempre me gustó enseñar por difícil que me lo pusieran en ocasiones. Lo he dejado sin llegar a entender, obtuso de mí, cómo alguien se puede dedicar a esto sin que le guste. Desde luego, en el pecado lleva la penitencia.

Es una lástima que mi tiempo haya coincidido con una época de tantos cambios en las leyes educativas, tan caprichosos como absurdos y de tan desastrosos resultados. Cuánto esfuerzo inútil se fue por la gatera, cuánta palabrería hueca solemnizando lo obvio. Un mal día alguien decidió hacer de la educación y la enseñanza, que no son lo mismo, un tablero más del ajedrez político y así hasta hoy. Llevamos décadas perdidas preguntándonos qué hacemos mal sin remediarlo. En los últimos tiempos a muchos se les ha ocurrido esconder su inepcia o incapacidad echando la culpa de lo que pasa a los profesores. Cada vez más padres se han descargado su particular burra con esta idea. Es como culpar al médico por la enfermedad que padeces.

Conforme pasaron los años fui echando cada vez más de menos aquellos equipos directivos de centros, con dedicación voluntaria y criterio propio, que no dudaron en plantar cara cuando la tropelía o injusticia flagrante lo requería. Ahora los han convertido, al menos hasta donde he conocido, en un coro de grillos funcionarios que cantan a la luna tras haberlos enharinado y pasado por el tamiz de un curso de dirección. El colmo llega cuando algunos de estos barandas a la moda equivocan su función, y juegan a ser más padres de alumnos que profesores. Cada vez se ignora más el terreno que se pisa y hasta dónde llega la función de cada quisque. 

Por ser optimista, quise pensar que algún día alguien comenzaría a poner un poco de cordura en todo esto. He pasado décadas esperándolo como lluvia del cielo y no tuve suerte. No dejo de tener esperanza para los que han quedado en esta profesión tras pasar yo, aunque a mí de poco me pueda servir a estas alturas.

Conmigo se va también este blog, que inicié en 2011 cuando enseñaba en mi querido IES Diego Llorente para mis alumnos de 4º de ESO y 2º de Bachillerato. Después de aquel último curso allí, llegó el tiempo del Ponce de León y le dedicaba bastante de mis días. Nunca hubiera pensado que llegaría a convertirse en mi tabla de salvación durante el cierre de los centros por la pandemia. Classroom, que nunca llegó a convencerme del todo como herramienta educativa, lo fue sustituyendo hasta dejarlo embarrancado en una orilla. No tiene sentido mantenerlo por pura nostalgia, pues otra función no le queda ya. Si algún día llego a hacer otro de este tema, al que me resisto a renunciar del todo, abriré la puerta a nuevas cosas, sin duda.

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Vale♦