Copio a continuación un artículo del blog de Luís Aretio, psicólogo infantil en Sevilla, tomado de su blog. Gracias, Lorena, por mandármelo. El artículo original, lo tenéis aquí:
http://luisaretio.com/los-docentes-tambien-lloran/
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Todos hemos tenido una maestra o un maestro que recordamos de manera
entrañable por su ternura o su paciencia; los hubo y los habrá que no,
que los recordemos por su firmeza o exigencia, pero todos tienen un
denominador común, todos han sido habitantes del planeta escuela.
Son personas como tú y como yo, salvo que a ellos les exigimos un extra
de autocontrol, de sobre atención con cada uno de nuestros hijos y un
extra de tiempo y calma ante las exigencias del sistema. Y no, no creo
que sean súper héroes ni súper villanos, son seres normales y
corrientes; son madres, son padres y algunos hasta abuela o abuelo. Son
de carne y hueso; sienten, sufren y padecen como cualquiera.
Los docentes también lloran de pena al decir adiós a sus alumnos: te
conozco, te acompaño, te guió, te cuido, te respeto y te educo, para
luego decirte adiós una y otra vez. Cambian las caras, los nombres, las
historias, pero todo se repite con una cadencia de ciclos entrañables,
una y otra vez.
Los docentes también lloran de dolor al saberse menospreciados o agredidos tan sólo por ejercer su trabajo,
de convivir con el insulto o la falta de respeto, y a pesar de ser
inmerecido, soportan la carga como si fuera parte de su mochila. Os
aseguro que un docente no recibe formación específica para soportar
reproches. Eso no se estudia en ninguna asignatura, eso se aprende a
base de experiencias a veces muy ingratas.
Los docentes también lloran de impotencia cuando
ven que no consiguen sacar de sus alumnos todo lo que saben que pueden
llegar a dar; y se revuelven entre técnicas de motivación, de refuerzos
imaginarios, de paciencia infinita, de inventos caseros pensados para
esos alumnos que no olvidan incluso estando fuera de la escuela. Eso sí
que es llevarse el trabajo a casa, pero en el alma.
Los docentes también lloran de frustración; esos
noveles que llegan a las aulas queriendo comerse el mundo con tal
intensidad que terminan muchas veces sin saber por qué ni cómo, pero al
final es el mundo quien les ha comido a ellos. Sus expectativas más
idealizadas chocan contra el muro de la rutina y del sistema, dando al
traste con muchas de sus ilusiones.
Los docentes también lloran de desesperación hasta obtener una plaza
definitiva, llevando siempre en la maleta el estigma de los inicios de
la profesión. Aquí te toca aquí te aguantas; da igual que te venga bien o
mal, que tengas hijos, proyectos o familiares que te necesiten. No
importa, hay que estar disponibles, siempre disponibles.
Los docentes también lloran de amor, de alegría y satisfacción cuando
cada curso sienten que su empeño ha servido para ir más allá de la
didáctica académica. Cuando ven su esfuerzo en el proceso y en los
resultados. Cuando en muchos casos han surgido lazos con sus alumnos o
familias que traspasan de lo profesional a lo personal. Siempre hay un
recuerdo especial que conecta con cada una de las personas que pasan por
sus aulas. Es increíble. ¿Cómo se puede guardar tanto cariño en un sólo
corazón?
Detrás de cada docente hay una historia de vida, de obstinación incluso
hasta llegar a ejercer su carrera, su profesión, su decisión de vida;
porque ser y dedicarse a la docencia no es una causalidad, es más bien
una actitud muy premeditada.
Después de la familia directa, las educadoras y las maestras son las
primeras figuras de apego de nuestros hijos fuera de casa. Con ellas se
adaptan a un mundo nuevo de experiencias, de destrezas y herramientas,
de fichas, de bocadillos imposibles de recomponer y de zumos
desparramados sin control por el aula. Son quienes como por arte de
magia adentran a nuestros hijos en el maravilloso mundo de las letras,
los números, los colores y de las primeras palabras raras. Se crea entre
ellos un lazo invisible trenzado a base de normas, sonrisas y mucha
complicidad.
Los días viajan en el tiempo llevando la práctica docente como
referente una mañana tras otra, tragando saliva, dolor de garganta,
tirando del “buenos días con alegría” como si nunca les pasara nada,
como si algo sobre humano les hubiera inmunizado de las penas propias y
ajenas… y nada más lejos de la realidad. Soportan lo insoportable
incluso a veces más allá de lo razonable, pero sólo son personas, sólo
eso.
Nunca olvidemos de dónde venimos ni a quiénes debemos lo mucho que
hoy somos y sabemos; porque todo lo que se enseña con cariño se conserva
en la retina de los buenos recuerdos.
Gracias Docentes, hoy queremos que vuestras lágrimas sean también nuestras.
No es magia, es educación.
Luis Aretio